Uno siempre fue de los que pensó mejor mirar adelante y volver la vista poco. Eso creo. No obstante en la vida siempre hay momentos en los que uno le señalan un alto en el camino y aprovecha para sentarse y reflexionar.

Cumplo 46 años. Una pila de ellos, pero verán lo que veo no es lo que esperaba. Al margen de la situación personal me refiero al mundo en que uno vive. Cuándo era joven, ya no lo soy, el contemplar vivir el siglo XXI y los años que empezaban por 2 era muy prometedor. La irrupción de la tecnología y la red en las vidas también lo era. Aunque fuera reticente recordando lo ocurrido durante la revolución industrial donde los gurús de la época hablaban de cómo la liberación del trabajo pesado conduciría a una era insospechada de bienestar para los trabajadores, con mucho más tiempo libre para dedicarse al arte y la cultura, la familia, y esas cosas que uno cree realmente importantes. Ya saben cómo acabó la cosa, no creo que haya que insistir mucho más. No obstante uno esperaba otra cosa.

En cuanto a la aportación de la red como el acceso más rápido a la información, la nueva biblioteca de Alejandría y el conocimiento colectivo, el trabajo colaborativo y la desaparición de las fronteras geográficas sobre esto mundo al que doy sombra desde hace tantos años el escepticismo se ha transformado en la constatación de que realmente no aprendimos nada de aquello. Y uno no es un ludita, todo lo contrario. Me gano la vida construyendo la red, y la desperdicio intentando arreglar el uso que le damos a esto. Al menos, claro está,  lo que yo opino que no funciona.

Por ejemplo el que cuanto más oportunidades de recibir información, y más rápidamente lo podemos hacer el resultado final es que somos mucho más manipulables, al contrario que informados. O que todas estas oportunidades de culturizarnos se transforman en ocio, más ocio y después ocio. En entretenimiento, que no conocimiento. O que cuanto menos nos conocen y menos nos relacionamos con los más cercanos, más a quienes no les importamos lo mínimo más que para incluirnos en un paquete de datos al mejor postor.

Sin embargo no quiero ser pesimista. Me declaro un rehén, no una victima de este mundo que entre todos hemos llegado a dejar así.

Aunque a nadie le importe, uno con 46 años si algo ha aprendido definitivamente es que hay cosas que deben ser escritas, independientemente de que sean leídas. Quizás algún caminante un día las encuentre y le sirvan de algo. Quizás, o quizás no, pero lo seguiremos intentando. 

Seguiremos, mientras nos dejen, observando en que acabará todo esto. Sumando años e intentando contar como vemos las cosas.

Saludos