Buenas

Mientras uno se desayuna viendo como algún despistado habla sobre el imparable avance de las redes sociales (cosa que nadie duda), y cómo el avisar de los riesgos de estas redes no es un signo de sentido común si no un ejercicio de esquizofrenia y manía persecutoria contra la tecnología en general, en otros lados del mundo las cosas se toman mucho más en serio. Por ejemplo, las compañías de Seguros, en estas fechas, miran con otros ojos lo que ocurre en las redes.

Resulta que a una de ellas le ha dado por hacer un ejercicio práctico sobre las redes sociales. La compañía está preocupada por la cantidad de información que se comparte sobre las vacaciones de cada uno por parte de sus usuarios. No porque aparezcan en botellones, bailando la conga o haciendo lo que les da la gana, si no porque considera que la mayoría de la gente que expone sus planes de viajes con fechas y datos unida a la información sobre donde viven, como son sus casas con imágenes incluidas conforman un catalogo de compra a distancia para los amigos de los ajenos.

En su estudio 4 de cada 10 usuarios daban cuenta detallada de sus pasos en periodo vacacional. La compañía envió una petición de “amistad” de 100 usuarios absolutamente desconocidos y de ellos el 13 %  fueron aceptados en Facebook y asombrosamente un 92 % en Twitter. De estos usuarios incluidos en el experimento el 13 % daba incluso su número de móvil y el 7 % de las mujeres. Más preocupante fue que en el tramo de 16 a 24 años más del 64 % ofrecían esa información con todo lujo de detalles.

Al parecer la compañía asegura que : “"I call it "Internet shopping for burglars." ("Yo lo llamo" las compras por Internet para los ladrones.), e igual alguien los considera neoluditas, alarmistas y amarillistas. Pero siendo las empresas las que ponen bajo su lupa los nuevos usos (que indudablemente existen y existirán) de las redes las cosas que uno cuenta no se ven tan descabelladas.

Les pondré un caso práctico que siempre comento sobre tecnología. Cuando surgieron los coches no existía un código de circulación, ni medidas de seguridad, ni obligación alguna de como circular. Todo eso surgió cuando la gente se empezó a matar. Alguien podría haber dicho “El automóvil es imparable, y que cada uno haga de su capa un sayo”. No fue el caso, ni a nadie le pareció atorrante avisar de los riesgos y tomar las medidas necesarias para evitarlos.

Los efectos de las tecnologías suelen ser reactivos, y siempre tienen bajas colaterales. Mejor  minimizarlas.

Sirva de ejemplo para que nadie crea que uno cree que las redes sociales sean malas, si no los usos, y que el explicar que las cosas son imparables, cual tsunami, y quedarse esperando el aplauso, es en realidad lo peligroso de todo esto. A mí no me importa si las redes crean adicciones o no. Allá cada cual con su tiempo. Pero ya hace tiempo que en las cajetillas indican que mi adicción mata, y yo sé a qué atenerme.

Nadie, o al menos yo, quiere crear alarma social sobre la bendita Web 2.0, 0 3.0 o 4.1. Lo que se pretende es educar a la gente sobre los riesgos que existen para que precisamente puedan evitarlos y ser corregidos. Un tsunami nunca consiguió dar una sola cosecha que no fuera de destrucción, los riegos controlados sí.