Buenas
No es de extrañar que lo que iba a ser un referéndum sobre un modelo de estado o país acabe en un simulacro de lo mismo. Estamos acostumbrados.
Recordamos como a señores que llevaban las cuentas del partido del gobierno se le pagaba por no ir a trabajar en un simulacro en formato diferido. Tenemos un presidente que simula ser un televisor para dar sus ruedas de prensa, y periodistas que simulan serlo asistiendo a ellas. Coches de lujo que aparecen en garajes con mucho disimulo, tanto que ni sus dueños saben como llegaron allí. Políticos que recibían sobres por debajo de la mesa con todo recato. Instituciones financieras que vendían quimeras mientras asaltaban los ahorros de sus clientes más ancianos. Tarjetas de crédito que vomitaban privilegios y billetes sin pasar por Hacienda. Consejeros que alzaban una mano para votar mientras ponían la otra detrás. Presidentes de Comunidades autónomas con herencias en Suiza que no conocían sus hermanas. Estudios que nunca se hicieron cobrados por un yerno. Asesores de asesores de asesores de los que toman decisiones que no sabemos ni quienes son, ni lo que saben, ni que hacen, pero cobran.
Aeropuertos sin aviones. Autopistas de peaje sin coches. Estaciones de tren de alta velocidad sin pasajeros. Hasta un submarino que no flota tenemos. Brotes verdes, finales de túneles y arrogancia y mentira para dar y tomar. En fin, que les voy a contar.
Por eso cuándo uno lee que un referéndum no va a serlo , sino un simulacro, no puede más que alzar un poco la ceja y pensar que seguimos dormidos creyendo que todo está bien. Que podemos tomar la pastilla roja o la azul. Que podemos optar. Que podemos opinar. Que importamos.
Sin reaccionar esperando a que pase.
Que nos leen.
Que me lee.
Alguien.
» – ¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?” (Alicia)
