En un día en que más de la mitad de los españoles están asados por el sol, aquí han bajado las nubes de las montañas. El día ha empezado bien y el cielo se ha vuelto plata.
Recordaba la historia de la sirena que me contaba mi abuela. En la playa de Coedo a la derecha hay una cueva. Es pequeña, un pasillo de unos 4 metros y una bóveda de unos 6 metros por 4. Pero lo bueno es que la habitaba una sirena.
Al amanecer la sirena salía de su cueva y en una peña al lado se tumbaba peinándose su melena. Cuando yo tenía unos 14 años la sirena volvió. En forma de foca. La foca llego allí nadie sabe como o porque. Pero lo asombroso para un chaval que vivía en Madrid es que no he visto animal más dócil. Cuando bajaba a la playa la silbábamos, y ella venía a toda velocidad surcando las olas.
Al llegar a la orilla salía, y perseguía a la chavalería para bajarles el bañador. No mordía, solo tiraba de los bañadores. Yo soy buen nadador y bailé con la foca abrazado. Buceé agarrado a su cola y jugué con ella como el que más.
Un día la llamamos y no vino.
Al parecer unos pescadores la mataron a palos porque según ellos ahuyentaba la pesca. Yo sigo pensando que se fué con la sirena muy, muy lejos. Donde juegan y nadan juntos, lejos de los humanos estúpidos y egoístas.
Así se lo conté a Lucía y ella siempre me pregunta por las dos.
Y siempre me dice lo mismo : – «Papi, seguro que se fue con la sirena»
Y yo asiento y la guiño un ojo.
– «Seguro»

