Escrache

por | 24 marzo, 2013

 

El grito

Llegó la hora. Le habían avisado hace tiempo que hoy era el día. Daba vueltas mirando a la nada a la cucharilla dentro de la taza del café y resonaba el tintineo en la taza al ritmo de su corazón. Cada vez más rápido. En la mano el la ceniza del cigarro hacía un escorzo imposible manteniéndose en el aire desafiando la gravedad. No le había dado una calada. El sol entraba por la persiana señalando que el día marcado comenzaba.

¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿Por qué? ¿Quién tenía la culpa? ¿Por qué no paraba? Tantas promesas. Tantas ilusiones. Tanta mentira.

Oía los gritos y los insultos. Las botas pisando fuerte en la acera. Los lamentos. Las consignas. Los empellones y los golpes. Ya venían.

Volvió a fijarse en la taza y en el remolino que formaba el café esperando que se lo tragase y quedar escondido allí. Olvidarse de todo. Volver en el tiempo. Pensó en su mujer, sus hijos. Su casa. Siempre la casa. Recordó los tiempos de las vacas gordas. Todo el dinero que ganó en la construcción. Los coches. Cuándo dejó de estudiar para llevarse un sueldo. Las risas y las bromas a los colegas que estudiaban. ¿Y ahora? ¿Ahora qué?¿Dónde estaban?

Más bullicio y ruido en la calle. Cómo el día que unos señores se bajaron de unos coches con muchos carteles en la puerta mientras los megáfonos anunciaban que ellos conducirían al pueblo a ser como los personajes de las series que veían en la televisión. Prosperidad, felicidad y sobre todo dinero. Economía del primer mundo lo llamaban. Incluso uno de ellos le dió la mano. A él. A un tipo de como él. Alguien a quien esos nuevos profetas nunca tuvieron en cuenta. Creo que tenía una foto en casa del momento. La casa. Otra vez la casa. No se le iba.

Le tocan  por la espalda.

– Vamos, es la hora.

Recoge su maletín de herramientas y maldice la hora en que se hizo cerrajero. Una puerta más a reventar. Una familia más a desalojar.

Masculló algo y volvió a pensar que esa era la última vez que abriría una puerta para que una familia se fuera a la calle. Pero hay que comer, claro.

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